Admito que tardé un tiempo considerable en alimentar este espacio. El verano o lo que intentó ser en materia climática, no me dejó otra opción que meditar, descansar y volver al trabajo más renovado que nunca.
Explicando la breve introducción invito al respetable a leer ciertas impresiones que el que escribe estas líneas tiene de tiempo atrás. Dejando un poco de lado lo que viene con las fiestas suntuosas del Bicentenario Mexicano, tema que abordaremos próximamente, me adentré a analizar que había quedado de aquella inspiración fuerte, tanto así que me dedico a los medios y a contar historias.
Cuando uno es adolescente es influenciable, posiblemente esas ideas y modas no te definen en tu carácter de adulto, pero crea ciertas conductas y fijaciones que perduran por el resto de tus días. Así fue como este redactor se empezó a interesar en lo que ahora se dedica, por mera influencia dirigida al público de mi edad, a mis trece.
El radio, a diferencia de esta época, era un medio influyente y como tal muy poderoso. Me atrapó desde el primer instante. Antes ya estaba enterado de otras emisoras que manejaron la radio conceptual, pero esta tercera oportunidad de escuchar tales contenidos me dejó impresionado, al fin me convencieron, insisto, mis trece eran determinantes para ello.
Aun así, corrieron los años y esa radio me continuaba impresionando. Promocionales, campañas inteligentes, temas serios y sobre todo, la buena música. Admito que hoy día estoy abierto a mayor variedad, pero mi base siguen siendo los géneros que descubrí en aquella emisora.
Voces irreverentes, mujeres inteligentes al micrófono, especiales de cine, entrevistas, noticias de mi bandas preferidas, hasta los comerciales eran distintos en la frecuencia. Era un paraíso en una época donde internet apenas comenzaba, los discos compactos eran artículo de semi-lujo y bebía alcohol barato después de la preparatoria.
Entre todo el crisol de propuestas, existía una que simplemente era y es, aunque haya muerto hace 9 años, mi más grande placer en audio. El programa no tenía nada de extraordinario, iniciaba con una ópera en francés o una canción de pop italiano; se leían poemas y prosas en corto, se invitaban escritores, se pedían deseos, que a menudo se cumplían.
Pero existía un instante en ese espacio, instante que se inció a raíz de un conflicto con algo que se le conoce como el EZLN. En ese pedimento quizá ingenuo de paz, se sumaron causas y otro tipo de peticiones. El fin del paro estudiantil en la mejor universidad de Latinoamérica, la paz en ese estado mexicano, y también el sanar a los corazones rotos.
Cada noche de lunes, de martes y de miércoles, el locutor pedía por esas causas tan dispares, tocando la misma canción: el Satélite del amor de Lou Reed. Así, antes de la medianoche el anhelo de paz en Chiapas, el fin del paro de la UNAM y el consuelo de los corazones rotos encontraban voz, esperanza y buenas intenciones.
En este otoño de una década después ya no existe eso, ya no hay satélite, la UNAM continua viva, Chiapas no se ha pacificado y puedo afirmar que hay más corazones rotos que nunca. Como nos hace falta que antes de la medianoche un medio de comunicación en radio se atreva sin permiso de Cabo Cañaveral a lanzar al espacio un Satélite del Amor, como nos hace falta...
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