Fue poco relevante despertar con una canción de Sublime por la mañana, la degustación de una fina empanada francesa y una rebanada de queso suizo. Muy poco satisfactorio después de abrir la computadora en mi sitio de inicio.
El diario El País daba cuenta de la muerte de uno de los preferidos de la Literatura Universal, y claro, de mis favoritos, José Saramago.
Aquel ser humilde de esa querida península que padeció persecución de religiosos y gobernantes con pocos escrúpulos y materia gris, nada diferente a la iglesia de estos días y a la clase política de la actualidad.
Poco relevante fue la derrota de mis primos lejanos los alemanes frente a los serbios, desquitando la invasión de 1914 a manos de sus otros primos, los austriacos. De mínima trascendencia resultaron los boletos para el cine, conseguidos en una difícil trivia que incluía la fórmula química del maíz de alta fructuosa.
Casi todo en ese día resultó irrelevante. Casi, Saramago se despidió de manera magistral de mí: con tres sms, tres llamadas truncas y dos llamadas perdidas.
El Nobel luso depositó en mi mente esa gran idea del ¿Qué pasaría si? Y sí, pasó. Sucedió como en las películas: primero un esbozo de vida, después una conversación neutra, pero inolvidable, al final ocurrió lo inusitado.
La eternidad se posó en nuestras almas, el recuerdo de lo bueno y las vivencias de esas que cuentan momentos dignos de una cinta de Win Wenders, así se despidió de mi persona Saramago. Con un enorme planteamiento del ¿Qué pasaria si? Y que por breves instantes se volvió realidad y transformó el entorno frío en un hasta siempre, dejando del lado el adiós y las despedidas que frustran.
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