El recorrido de salida de la Estación Central fue muy corto. Vi muy deprisa los restos de la antigua estación, que fueron convertidos en un museo muy breve. Salimos a la calle, a la parada llamada Bahnhof, mi anfitriona y yo tomamos la línea de autobús No. 11, camino a Blumplitz.
Después de algunas paradas con nombres alemanes, de pasar huertos administrados por unos chilenos y bolivianos pasamos el puente que va a Koniz y llegamos a nuestro destino, Bumplitz. Después de 6 ó 7 paradas llegamos a nuestro destino de estancia, Bumplitz en la acera Werkgasse.
Me instalé tan pronto como pude, ya eran como las 6 de la tarde, haciendo cuentas ya eran unas 24 horas de que había salido de la Ciudad de México, era jueves y el clima estaba nublado. Tomé una ducha y me cambié de ropa. Pronto dejé el jacket, lo cambié por unos jeans y una playera ligera con un rompevientos abierto, así salimos mi anfitriona y yo de vuelta al centro de Bern.
Abordamos un autobús de color rojo, parcialmente vacío. Recorrimos de nuevo hacia el Este y retornamos a Bahnhof. La anfitriona me explicó que la remodelación y el acomodo de Bahnhof les llevó dos años terminarla, la obra costó mucho dinero y que fue muy controversial en su tiempo. Yo le pregunté razones, ella me contestó con un tajante: impuestos.
Caminamos por la ciudad vieja, vimos algunas tiendas de Loeb, pasamos a un Migros por un bocado. Salchicha blanca con mostaza natural, mucho mejor que la French que te venden en Wal Mart; Rivella un refresco hecho a base de aceite de vaca, unos 6 CHF por todo.
En la calles vimos relojes y la cuneta del río Aare, y pasamos a unos metros de la casa de Albert Einstein, cerca, un restaurante de comida thai. Comenzaba a oscurecer, el ambiente semi frío de una primavera que no terminaba por llegar, al pie de los Alpes, el sonido del río, el montaje de los Fan Zone de la Eurocopa, instantes bellos, coloridos y sonidos apropiados.
Mi anfitriona me sacó de ese asombró y me dijo que si quería tomar algo. Respondí vamos, tu me llevas. Caminamos hacia uno de los puentes que rodea al Aare, que está en una C invertida, lo cruzamos, se podía ver las cúpulas del Parlamento y el montaje del escenario Fan Zone de la Bundesplatz. Al terminar el tramo de puente, a pie, bajamos por unas pequeñas escalerillas y encontramos un restaurante cafetería al pie del Río.
Nos sentamos en la terraza, adaptada para que veas el río y escuches el caudal. Platicamos muy brevemente de la vida y de futuros posibles, cerramos temas, nos lamentamos y creimos cosas y no nos terminaban por tomar la orden. Salimos y subimos las escalerillas para terminar en otro sitio, no al pie del río sino cerca.
En este otro sitio pedí una Guinness y mi anfitrina un agua mineral. Continuamos con los futuros posibles, observaba distraído los carteles del reencuentro de The Police y su presentación próxima en Zurich. Venían a colación, de nuevo, los futuros posibles, yo ignoraba el tema, lo evadía.
Así pasó la noche, de hablar de futuros posibles, continué evadiéndolos el resto de mi viaje. Lo evadí en París, lo evadí en Bruselas, lo evadí en Florencia en 7 de junio. A la fecha aún evado el tema, la última vez que lo hice me costó que ese futuro posible se convirtiera en un alfiler lleno de detalles, fuerte y lleno de inseguridad que hace sentirme impotente para desenterrarlo y que aquel futuro posible se convirtiera en una realidad palpable, franca, llena de experiencias nuevas y poder compartir a plenitud los fines de semana que llegan a caer en jueves.
En este otro sitio pedí una Guinness y mi anfitrina un agua mineral. Continuamos con los futuros posibles, observaba distraído los carteles del reencuentro de The Police y su presentación próxima en Zurich. Venían a colación, de nuevo, los futuros posibles, yo ignoraba el tema, lo evadía.
Así pasó la noche, de hablar de futuros posibles, continué evadiéndolos el resto de mi viaje. Lo evadí en París, lo evadí en Bruselas, lo evadí en Florencia en 7 de junio. A la fecha aún evado el tema, la última vez que lo hice me costó que ese futuro posible se convirtiera en un alfiler lleno de detalles, fuerte y lleno de inseguridad que hace sentirme impotente para desenterrarlo y que aquel futuro posible se convirtiera en una realidad palpable, franca, llena de experiencias nuevas y poder compartir a plenitud los fines de semana que llegan a caer en jueves.
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