Mientras el jardinero poda el césped, realizo cuentas con mi vieja sumadora Texas Instruments, que suena a caja de vieja tienda Aurrerá. Medito sobre estos casi 45 mil minutos.
Minutos en que se me fundió el cerebro, otros más, unos 439, de disertaciones y otros de conclusiones que no concluyen y quedan ahí, esperando.
Los primeros 1000 minutos. Duros, de música británica de esa que desgarra, que desnuda almas y que sólo pide un Please, don't leave...
Otros minutos de disección de querer salir y de más espera. Your tiny hands, Your crazy kitten smile... Please, don't leave.
Agudas son las conclusiones, también aguda es la razón, siendo así, ¿Por qué la agudeza no lo puede resolver? ¿Por qué no es explicable? ¿Y por qué mucho menos entendible? Por trigésima tercera vez: Please, don't leave. I'll dress like your niece. And wash your swollen feet...
Casi 45 mil minutos, los más extensos de los que se tiene memoria. Unos miles de llanto, otros millares de convencimientos, otras centenas de espera, mucha espera. Just don't leave...Don't leave.
Minutos extensos. Doy un sorbo a mi copa de Merlot, volteo al cielo, llueve... Que lluevan cartas, cartas venidas del Océano Atlántico. Si, cartas oceánicas les dicen. En sus sobres líquidos y escritas con granos de arena coloreada, espuma de mar que lleva la brisa a 2214 metros sobre tu nivel. Por ello son mágicas, porque trepan las montañas. Las suben, las esquían, esquían hacia arriba. I'll drown my beliefs...To have your babies.
La cuenta está cerca de los 45 mil minutos, las cartas oceánicas a punto de llegar. Un mensaje alentador, de espera talvez, de conclusiones no concluídas, paradojas y términos, generalidades y nominaciones, así es como funciona en esta latitud. And true love waits, In haunted attics...
Vivo esto, llueve. Las cartas esquían hacia arriba, cuesta arriba, yo espero, doy otro sorbo y desordeno en mi desordenado orden de ideas, canciones británicas. And true love lives. On lollipops and crisps...Just don't leave, Don't leave.
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